Una niña llamada Soledad capítulo IV
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Ahora la pequeña Soledad vivía con su padre y su abuela. Estaba muy contenta pero no dejaba de pensar también en su madre porque la extrañaba mucho. Y entre juegos, travesuras, y una pequeña anécdota que pasó con su padre, el tiempo transcurrió rápidamente. Todas las mañanas veía como ordeñaban las vacas, su abuela le daba un pequeño balde y ella iba muy contenta por leche fresca para su desayuno, le gustaba vivir así, rodeada por la naturaleza y el aire fresco del campo. Una tarde, Soledad buscaba desesperadamente a su padre, lo buscaba por todos lados y no lograba localizarlo, y casi llorando fue corriendo hasta la cocina donde se encontraba su abuela en esos momentos para preguntarle por el paradero de su padre. A lo cual su abuela le contestó que no se preocupara y que dejara de buscarlo porque había ido a dar una vuelta con sus amigos y que seguramente estaban en la cantina y que ya no tardaría en regresar…
Soledad salió rápidamente de la cocina, ya pasaban de las seis de la tarde y comenzaba a oscurecer, y cuando ella salía apresurada escuchó las palabras de su abuela que muy imperativa le indicó no salir del patio de la casa, y que allí esperara el regreso de su padre. Pero la inquieta niña hizo todo lo contrario de lo que le habían indicado y se dirigió en busca de su progenitor. La niña no sabía con certeza donde estaba situada esa cantina, pero por el ruido de la música se dio cuenta que estaba cerca y a paso apresurado siguió la dirección de donde provenía el bullicio hasta llegar allá. Y al llegar al lugar, Soledad se quedó de una pieza al observar aquel entorno ruidoso con olor muy desagradable a tabaco y alcohol. Se sentía muy extraña en aquel ambiente desconocido y raro para ella, y como era muy pequeña, desde la entrada no lograba distinguir la mesa donde estaba sentado su padre, ella era chiquitina y de una figura muy frágil, por eso pasaba totalmente desapercibida por los demás. Y aunque sintió cierto temor por estar ahí, y de tener la sana intuición de que aquel lugar no era adecuado para su edad, eso no la asustó y en lugar de retirarse se adentró para buscar a su padre sin poder localizarlo, así que optó por adentrarse aun más, y mirando a su alrededor lo que pudo observar no era nada agradable pero no desistió porque llevaba en mente buscar a su papá hasta encontrarlo.
La niña miraba a aquellos hombres empinar el codo para tomarse sus cervezas, como si estuvieran muy sedientos, y miraba como el humo que se desprendía de los puros y los cigarrillos le daba al lugar un entorno como de niebla espesa, dándoles a aquellos hombres con sombreros y grandes bigotes un aspecto fantasmagórico, y más, porque se reían a carcajadas, mientras que a otros se les veía muy concentrados en el juego de cartas que jugaban sobre aquellas pequeñas mesas de metal. Soledad observaba todo con mucho cuidado, hasta que logro divisar la mesa donde se encontraba su padre con otros hombres. Entonces se acercó rápidamente a la mesa y muy sonriente exclamó... ¡papi, te he encontrado!
El padre de la niña no daba crédito a lo que estaba viendo... ¿Qué hacía su pequeña hija allí? Y le preguntó rápidamente con tono de enojo... Soledad, ¿qué haces aquí?, a lo cual ella muy contenta contestó... ¡Pues te vine a buscar! Mi abuelita está preparando la cena y muy pronto vamos a cenar, por eso vine por ti, para llevarte a casa y cenemos todos juntos. El padre de la niña no supo si echarse a reír o darle unas nalgadas a su hija por lo que había hecho. Los amigos del padre de Soledad se miraban entre sí, muy sorprendidos de ver a la pequeña hija de su amigo en aquella cantina maloliente. Y más se sorprendieron cuando Soledad les preguntó... ¿Ustedes están borrachos, verdad?
¡Qué impertinente era Soledad! No se quedaba con nada en la mente, era muy curiosa y todo lo cuestionaba sin medir las consecuencias de las preguntas que hacía. Los amigos de su padre soltaron tremenda carcajada al escuchar la pregunta de la niña. Y en ese momento Enemorio les dijo a sus amigos que en cuanto se terminara de tomar la cerveza que ya había comenzado, se iría a su casa con su hija, y que el juego de cartas que les había prometido lo dejarían para otro día. Soledad en ese momento le dijo a su padre...papi, ¿me das de probar de tu cerveza?, él se negó diciéndole que la cerveza, las barajas y las pistolas eran solamente para los hombres. A lo que la niña replicó que ella no era hombre, pero que si le compraba una pistolita, refiriéndose a un arma de fuego, entonces ella podría ir con él a todos lados y hasta podría acompañarlo a la cantina aunque no tomara cerveza. Lo único que ella quería, era estar siempre con su padre. Enemorio solo la miró en silencio emocionado, y hasta los amigos que lo acompañaban se habían enternecido al escuchar las palabras de aquella chiquilla de ojos grandes color azabache. Luego se tomó de un sorbo el líquido de la botella y apagando la colilla de su cigarrillo en el único cenicero que había en la mesa de metal, se despidió de sus compañeros, diciéndoles…
Este no es un buen lugar para esta niña traviesa. Y tomando la mano de su hija salieron de aquel lugar. Y claro, una vez más Soledad se sintió muy satisfecha porque cenaría en compañía de su papá. Y así pasaron los días y las semanas, y a los tres meses de haber llegado a vivir a Juchitán ya se estaba acostumbrando a convivir nuevamente con su padre. Le gustaba mucho estar allí, aunque a veces sus momentos alegres eran empañados por el recuerdo de no poder estar junto a su madre y sus hermanos, los quería de verdad y se ponía triste cada vez que se acordaba de ellos y no los podía ver. El sueño de la niña era que vivieran todos juntos en familia, cómo alguna vez lo habían sido…


