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La Coctelera

Palabras del alma Y música de hoy Y siempre

¡Bienvenidos a palabras del alma! Un lugar donde los sentimientos se han transformado en letras

Categoría: Mi vida en capítulos

14 Abril 2013

Una niña llamada Soledad capítulo IV

Una niña llamada Soledad capítulo IV

*

Ahora la pequeña Soledad vivía con su padre y su abuela. Estaba muy contenta pero no dejaba de pensar también en su madre porque la extrañaba mucho. Y entre juegos, travesuras, y una pequeña anécdota que pasó con su padre, el tiempo transcurrió rápidamente. Todas las mañanas veía como ordeñaban las vacas, su abuela le daba un pequeño balde y ella iba muy contenta por leche fresca para su desayuno, le gustaba vivir así, rodeada por la naturaleza y el aire fresco del campo. Una tarde, Soledad buscaba desesperadamente a su padre, lo buscaba por todos lados y no lograba localizarlo, y casi llorando fue corriendo hasta la cocina donde se encontraba su abuela en esos momentos para preguntarle por el paradero de su padre. A lo cual su abuela le contestó que no se preocupara y que dejara de buscarlo porque había ido a dar una vuelta con sus amigos y que seguramente estaban en la cantina y que ya no tardaría en regresar…

Soledad salió rápidamente de la cocina, ya pasaban de las seis de la tarde y comenzaba a oscurecer, y cuando ella salía apresurada escuchó las palabras de su abuela que muy imperativa le indicó no salir del patio de la casa, y que allí esperara el regreso de su padre. Pero la inquieta niña hizo todo lo contrario de lo que le habían indicado y se dirigió en busca de su progenitor. La niña no sabía con certeza donde estaba situada esa cantina, pero por el ruido de la música se dio cuenta que estaba cerca y a paso apresurado siguió la dirección de donde provenía el bullicio hasta llegar allá. Y al llegar al lugar, Soledad se quedó de una pieza al observar aquel entorno ruidoso con olor muy desagradable a tabaco y alcohol. Se sentía muy extraña en aquel ambiente desconocido y raro para ella, y como era muy pequeña, desde la entrada no lograba distinguir la mesa donde estaba sentado su padre, ella era chiquitina y de una figura muy frágil, por eso pasaba totalmente desapercibida por los demás. Y aunque sintió cierto temor por estar ahí, y de tener la sana intuición de que aquel lugar no era adecuado para su edad, eso no la asustó y en lugar de retirarse se adentró para buscar a su padre sin poder localizarlo, así que optó por adentrarse aun más, y mirando a su alrededor lo que pudo observar no era nada agradable pero no desistió porque llevaba en mente buscar a su papá hasta encontrarlo.

La niña miraba a aquellos hombres empinar el codo para tomarse sus cervezas, como si estuvieran muy sedientos, y miraba como el humo que se desprendía de los puros y los cigarrillos le daba al lugar un entorno como de niebla espesa, dándoles a aquellos hombres con sombreros y grandes bigotes un aspecto fantasmagórico, y más, porque se reían a carcajadas, mientras que a otros se les veía muy concentrados en el juego de cartas que jugaban sobre aquellas pequeñas mesas de metal. Soledad observaba todo con mucho cuidado, hasta que logro divisar la mesa donde se encontraba su padre con otros hombres. Entonces se acercó rápidamente a la mesa y muy sonriente exclamó... ¡papi, te he encontrado!

El padre de la niña no daba crédito a lo que estaba viendo... ¿Qué hacía su pequeña hija allí? Y le preguntó rápidamente con tono de enojo... Soledad, ¿qué haces aquí?, a lo cual ella muy contenta contestó... ¡Pues te vine a buscar! Mi abuelita está preparando la cena y muy pronto vamos a cenar, por eso vine por ti, para llevarte a casa y cenemos todos juntos. El padre de la niña no supo si echarse a reír o darle unas nalgadas a su hija por lo que había hecho. Los amigos del padre de Soledad se miraban entre sí, muy sorprendidos de ver a la pequeña hija de su amigo en aquella cantina maloliente. Y más se sorprendieron cuando Soledad les preguntó... ¿Ustedes están borrachos, verdad?

¡Qué impertinente era Soledad! No se quedaba con nada en la mente, era muy curiosa y todo lo cuestionaba sin medir las consecuencias de las preguntas que hacía. Los amigos de su padre soltaron tremenda carcajada al escuchar la pregunta de la niña. Y en ese momento Enemorio les dijo a sus amigos que en cuanto se terminara de tomar la cerveza que ya había comenzado, se iría a su casa con su hija, y que el juego de cartas que les había prometido lo dejarían para otro día. Soledad en ese momento le dijo a su padre...papi, ¿me das de probar de tu cerveza?, él se negó diciéndole que la cerveza, las barajas y las pistolas eran solamente para los hombres. A lo que la niña replicó que ella no era hombre, pero que si le compraba una pistolita, refiriéndose a un arma de fuego, entonces ella podría ir con él a todos lados y hasta podría acompañarlo a la cantina aunque no tomara cerveza. Lo único que ella quería, era estar siempre con su padre. Enemorio solo la miró en silencio emocionado, y hasta los amigos que lo acompañaban se habían enternecido al escuchar las palabras de aquella chiquilla de ojos grandes color azabache. Luego se tomó de un sorbo el líquido de la botella y apagando la colilla de su cigarrillo en el único cenicero que había en la mesa de metal, se despidió de sus compañeros, diciéndoles…

Este no es un buen lugar para esta niña traviesa. Y tomando la mano de su hija salieron de aquel lugar. Y claro, una vez más Soledad se sintió muy satisfecha porque cenaría en compañía de su papá. Y así pasaron los días y las semanas, y a los tres meses de haber llegado a vivir a Juchitán ya se estaba acostumbrando a convivir nuevamente con su padre. Le gustaba mucho estar allí, aunque a veces sus momentos alegres eran empañados por el recuerdo de no poder estar junto a su madre y sus hermanos, los quería de verdad y se ponía triste cada vez que se acordaba de ellos y no los podía ver. El sueño de la niña era que vivieran todos juntos en familia, cómo alguna vez lo habían sido…


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8 Abril 2013

Una niña llamada Soledad capítulo III


Soledad, hija, solo vine de visita. Vine porque los extrañaba mucho, pero lamentablemente tengo que irme nuevamente, solo esperaré a que regrese tu madre para verla y hablar con ella sobre algo importante que tengo que decirle. La pequeña no podía creer lo que su padre le estaba diciendo, había esperado tanto tiempo para verlo, y ahora su padre le decía que solo venia de visita. Entonces la niña le respondió que no podía irse, porque ella, su madre y sus hermanos, no podían acostumbrarse a vivir sin él. Y llorando amargamente le suplicó a su padre que no se fuera de su lado. El padre de soledad se conmovió por la súplica y el llanto de su hija, y trató de calmarla dándole algunos regalos que había llevado para ella y sus hermanos, pero todo fue inútil, ni los regalos ni las palabras de su padre lograban calmar a la pequeña Soledad. Pero de pronto se calmó como por arte de magia, y su padre con gran desconcierto vio como su hija de pronto le sonrió y le dijo...papi, si tú no puedes quedarte aquí yo me iré a vivir contigo. El padre de Soledad se quedó boquiabierto al escuchar las palabras de su hija... ¡Si papi!, yo me iré a vivir contigo y con mi abuela. ¿Qué te parece la idea? Su padre reaccionó rápidamente y le dijo a su hija que no podía llevársela a vivir con él, porque su madre se quedaría muy triste por su ausencia, a lo cual la niña le contestó sonriente... ¡Mi mamá puede ir a visitarnos! Soledad tenía una respuesta presta en su boca para cada obstáculo que le ponía su padre ante la proposición que le había hecho. Y ante eso, su padre se quedó muy pensativo por varios minutos, y ella respetando su silencio solo se limitaba a mirarlo con la esperanza de que su padre accediera a llevársela con él.

El tiempo pasaba y la madre de Soledad no llegaba a casa, y así pasaron las horas hasta ponerse el sol, ya estaba oscureciendo y el padre de la niña tenía que irse para tomar el último autobús que lo llevaría de regreso a su pueblo. Durante todo ese tiempo, la hermana mayor de Soledad se encontraba muy atareada con los deberes. Ella era la hija mayor, y cuando su madre se ausentaba durante el día para ir a lavar la ropa al río, María de Jesús se encargaba de los quehaceres domésticos. El padre se impacientaba por no ver llegar a su ex mujer, tenía que hablar con ella antes de marchar, y fue entonces cuando le preguntó a María de Jesús… ¿Mencionó tu madre la hora en que regresaría a casa?, ella le contestó que no, no sabía exactamente la hora en la que regresaría su madre. Y así, el tiempo transcurría rápidamente, y la estancia en la que una vez había sido el hogar de aquel hombre, estaba llegando a su final. Su corazón quizá le decía que no marchase, porque no deseaba despedirse de sus hijas, pero tenía que irse ese mismo día.
Soledad muy triste le decía a su padre que no se fuera, ¡deseaba tanto que su padre se quedara en casa!, y que las cosas volvieran a ser como eran antes, no comprendía nada, y en su pensamiento se preguntaba el por qué su padre tenía que irse nuevamente?

La hora inevitable llegaba a su fin cuando Soledad escuchó a su padre despedirse de su hermana mayor. Ya se le estaba haciendo tarde y tenía que marcharse de aquella humilde casa donde un día fue muy feliz al lado de su mujer y sus hijos. Soledad comenzó a llorar con mucha tristeza, y con esa gran nostalgia en su alma hizo un último intento para convencer a su padre de quedarse, su padre no podía quedarse, y trató de consolar a su hija diciéndole que regresaría muy pronto, y que en la próxima visita le iba a traer de regalo una linda muñeca, pero ella estaba inconsolable y le decía a su padre que no quería muñecas, su único deseo era que su padre no se volviera a ir de su lado.
Al ver la reacción de Soledad en ese momento, María de Jesús le dijo que si dejaba de llorar la llevaría a la tiendita para comprarle unos dulces. Soledad no quería golosinas ni juguetes, lo único que ella quería era poder detener a su padre. También en el rostro de su padre se denotaba una gran tristeza por tener que irse sin su niña, y más, al ver el sufrimiento que le estaba ocasionando. La veía llorar de una manera muy lastimera y de verdad se le partía el alma verla llorar desesperadamente y sin consuelo, pero no le quedaba otra opción, tenía que irse dejando a su hija en un mar de llanto y aunque trató por todos los medios de consolarla diciéndole…

Soledad, hija mía, cálmate, ya no llores más hijita. Nada de lo que le dijo su padre pudo consolar el llanto de Soledad. Y muy amoroso como lo fue siempre con sus hijos le dio un beso y un abrazo muy fuerte, para después dirigirse hacia la puerta e irse muy apesadumbrado. En ese momento, María de Jesús tuvo que sostener a la pequeña para que su padre se pudiera ir, era una despedida muy triste y muy dolorosa para la pobre chiquilla. Sus grandes ojos negros miraban con mucha tristeza como la figura de su padre se alejaba de su humilde casa, pero luego después al verlo marchar ahogó su llanto pidiéndole a su hermana que la llevara a comprar los dulces que le había prometido unos minutos antes. Ella aún no estaba derrotada, y no podía dejar ir a su padre así tan fácilmente.

La estación de autobuses estaba situada no muy lejos de su casa y de la tienda donde su hermana la llevaría a "comprar" sus caramelos. La perspicaz nena llevaba un plan en mente, y muy apresurada le dijo a su hermana que se dieran prisa para que le pudiera dar un último beso de despedida a su padre. Su hermana apresuró el paso y a medida que se aproximaban a la estación de autobuses podían ver a distancia la figura del padre entre la demás gente, que solo esperaban la señal del chofer para que pudieran abordar el estropeado autobús y ponerse en marcha hacia Juchitán Guerrero. Soledad al ver a su padre en la estación de autobuses suspiró tranquilamente, y sus ojos le brillaban de alegría. Su hermana no sabía los planes de la niña y accedió de inmediato a la suplica de su pequeña hermana cuando le escuchó decir...

¡Mira! ...¡Allá está mi papá!, vamos con él para darle un beso antes de que se vaya. Su padre estaba a punto de abordar el autobús cuando escucho la voz tan peculiar de su hija y muy sorprendido puso una cara de enfado con su hija mayor, preguntándole, ¿por qué has traído a la niña?, a lo cual ella solo le contestó que Soledad había insistido en ir para que le comprara sus dulces, y para ver si te alcanzaba aquí y así poder despedirse de ti y darte un último beso, eso fue lo que le respondió María de Jesús. Y mientras hablaban, la niña aprovechó un descuido del conductor para abordar el autobús. Y cuando el chofer se percató que la niña se le había colado le dijo apresurado…

¡No niña!, tú no puedes abordar este autobús... ¿Dónde están tus padres? Soledad no respondió la pregunta del chofer, pero ante todo esto el padre de Soledad ya había escuchado las palabras fuertes del conductor y rápidamente se subió al autobús para tratar de persuadir a su pequeña hija de bajar, y se regresara a casa con su hermana mayor. Pero todo fue inútil, porque Soledad no se dejó convencer, y al ver a su padre molesto se puso a llorar desesperadamente diciéndole que solo deseaba irse con él. Fue entonces cuando su padre desistió de convencer a su hija de bajarse del autobús y de que se fuera con su hermana de regreso a casa. Las lágrimas de la niña lo conmovieron en gran manera y por unos instantes guardó silencio olvidándose completamente de su enojo.

Ya era hora para que el autobús saliera rumbo a su destino, y el conductor le gritó desde su asiento al padre de la pequeña que si iba a pagar el boleto de su hija, porque ya era tiempo de partir. El padre de Soledad reaccionó rápidamente al escuchar al chofer y se dirigió hacia él para decirle que la niña también iba a viajar, y le pidió de favor que le diera unos minutos más para que pudiera hablar con su hija mayor para indicarle algo. El conductor aceptó de mala manera y le dijo que no demorara, de lo contrario, bajaría a su hija y marcharían sin ellos. Mientras tanto, la hermana de Soledad estaba totalmente desconcertada ante los últimos acontecimientos que había creado su hermana menor, ahora se arrepentía de haberla llevado allí. El padre le dio instrucciones a su hija mayor, y le dijo… Le dices a tu mamá que Soledad estará conmigo por un tiempo y que no se preocupe por ella porque estará muy bien con su abuela. Entre ella y yo, la cuidaremos bien. La joven no salía de su asombro, sabia claramente que su madre se enojaría mucho por lo sucedido.

Por la ventanilla del autobús la pequeña Soledad hacia ademanes con sus manos y se despedía de su hermana con una sonrisa. ¡Se sentía tan contenta!, y se repetía una y otra vez... ¡Me voy con mi papi! ¡Me voy a vivir con él! Su hermana desde donde estaba vio partir el autobús, y en el, a su hermana menor. ¡Todo había sucedido tan rápido! Y Soledad se iba desaseada, y sin zapatos, porque antes de la visita de su padre ella jugaba en el amplio patio de la casa libremente, y ahora se iba con su padre tal y como la había encontrado cuando llego a visitarla. María de Jesús se notaba un poco preocupada. ¿Cómo tomaría la noticia su madre?, eso se preguntaba una y otra vez al tomar el camino hacia su casa.

Transcurrió el tiempo y cuando Soledad llego al pueblo donde vivía su padre se sentía muy contenta, no le importaba dónde ni cómo viviría, para ella solo contaba la compañía y el cariño que sentía por su padre. La niña no conocía a su abuela paterna, y cuando la vio, quedó muy impresionada por el aspecto de su abuela. Era una mujer alta y robusta, lucia muy altiva una cabellera abundante de pelo rizado y muy largo. Al fin tenía el gusto de conocer a su abuela paterna, y cuando la vio, corrió hacia ella para abrazarla y darle un beso en la mejilla. Pero como su abuela era muy alta fue ella quien la tomo entre sus brazos para besarla. Su abuela le dio un fuerte abrazo y le sonrió muy contenta, Soledad sentía mucha alegría en su pequeño corazón. Y después del emotivo encuentro entre ellas, la señora cuestionó a su hijo, diciéndole, ¿cómo fue que trajiste contigo a mi nieta?, no has medido las consecuencias de tus actos, y quizá la madre de la niña se moleste mucho contigo por habértela traído, solo espero que esto no traiga ninguna consecuencia mayor. Su hijo le contestó diciéndole que no había ido con intenciones de quitarle la niña a su madre, y que había sido ella quien a último minuto se había subido al autobús y que no pudo persuadirla para que se quedara. Está bien, le dijo ella, ahora bañaré a mi nieta, ¡mira nada mas como viene!, y tú, te vas a comprarle ropa y calzado.
Y así comenzó una nueva etapa en la vida de la pequeña Soledad...


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7 Abril 2013

Una niña llamada Soledad capítulo II


Su casa estaba situada en una colina rodeada por frondosos árboles y flores silvestres, pero a Soledad le gustaba jugar un poco alejada del terreno de su casa, fue así como se dio cuenta inmediatamente que la figura de un hombre se acercaba a su humilde casa. ¡La niña no lo podía creer! Y mientras el hombre se acercaba, su pequeño corazón palpitaba con una aceleración desmedida y le pedía a Dios para que lo que estaba imaginando fuese cierto. Y cuando se cercioró de que la figura del hombre que veía a distancia era la de su padre, corrió hacia él para alcanzarlo. Corrió a la velocidad que sus cortas piernas se lo permitieron, y mientras corría exclamó su contento con una alegría que no le cabía en su pequeño pecho...

¡papi, por fin regresas a casa! ¡Qué feliz se sentía Soledad al ver que su padre se acercaba hacia ella!, corría hacia él con gran júbilo y con sus bracitos abiertos como invitándolo a un fuerte abrazo. Pero al momento del reencuentro entre padre e hija, la pequeña Soledad frenó con ímpetu la velocidad con la que se acercaba hacia él, se paró por unos instantes antes de echarse a sus brazos, y con sus ojitos inundados por las lágrimas le dijo fuertemente... ¡papi, le has hecho mucha falta a mamita!, ¡y yo te he extrañado mucho! Y mientras se lo decía no podía dejar de llorar. Su padre se apresuró al encuentro de la pequeña y fue él quien fuertemente estrechó a su hija contra su pecho. Los dos lloraron de emoción y felicidad por el reencuentro.

Había tantas cosas que la niña deseaba preguntar y decir, pero por su corta edad no sabía cómo hacerse entender y lo único que le decía a su padre era que lo había extrañado ¡mucho!, al igual que su madre y sus demás hermanos, y también le decía que no se marchase de nuevo. La niña lloró, y rió al mismo tiempo, estaba tan feliz porque su padre había regresado, y tenía la esperanza de que su padre se quedara a vivir en su casa como antes, eso era lo que más deseaba. Su padre la abrazaba y le sonreía, diciéndole...En el tiempo que no nos hemos visto has crecido, ¡mira que grande estás!, y ella le contestó muy contenta... ¡Si papi!, he crecido, ahora ya te puedo ayudar en el trabajo... ¿Verdad que ya no te volverás a ir de la casa? Soledad cuestionaba a su padre, pero sus preguntas no eran contestadas. Así que él optó por cambiar la conversación, y le preguntó a la niña…

¿Dónde está tu mamá, Soledad?, ella le contestó que su madre había salido desde muy temprano con sus hermanos y que ya no tardaría en llegar, así que tenían tiempo para ellos, un tiempo especial que la niña estaba disfrutando en demasía por el solo hecho de estar con su padre. Soledad era una nena muy tierna y le gustaba acariciar y ser acariciada por su padre, esas caricias que por mucho tiempo su padre no le había hecho y al volverlas a sentir sobre su pequeño rostro la hacían muy feliz.

El tiempo para Soledad transcurría apresuradamente, y a pesar de su corta edad sabia que esos momentos eran muy preciosos para ella, y deseaba con vehemencia que el tiempo se detuviera, para poder seguir disfrutando la compañía de su padre. Soledad le hablaba muy contenta, y con lujo de detalle le contaba a su padre los últimos acontecimientos que habían ocurrido en su casa. Era una niña muy alegre y expresiva, y su padre solo la observaba en silencio sin evitar reír de vez en cuando de lo que su pequeña hija le contaba con entusiasmo. De pronto Soledad miro fijamente a su padre a los ojos y jugando con su bigote le preguntó una vez más... ¿Papá, verdad que viniste para quedarte? Su padre se quedó muy pensativo por varios segundos sin responder la pregunta de su hija, pero luego reaccionó y le dijo a la pequeña con mucha seriedad...Hija, escucha bien lo que te voy a decir...


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6 Abril 2013

Una niña llamada Soledad capítulo I

La fuerza del destino desde un principio fue muy inflexible para Soledad y a la edad de cuatro años vivió la triste experiencia de haber perdido a su padre. Soledad era muy pequeña cuando sus padres se separaron, y cuando su "papi" como solía nombrarlo, abandonó el seno de su familia no se podía explicar el porqué se había marchado. Ella quería mucho a su padre, y a su corta edad no podía asimilar muchas cosas. Pensaba y pensaba, y no lograba comprender el porqué, el jefe de la familia se había ido sin siquiera despedirse de ella. Soledad lloró la ausencia de su padre por mucho tiempo y no lograba acostumbrarse a estar sin él. Recordaba con mucha nostalgia todas las cosas que solía compartir con su padre y ahora que se había marchado, su pequeño mundo había tomado un rumbo muy diferente, y sin su padre en casa se sentía vacía porque lo extrañaba muchísimo.

Desde muy pequeña a Soledad le gustaba observar todo, era una chiquilla muy curiosa e inquieta y se daba cuenta de muchas cosas aunque a veces no lograba comprenderlas del todo. Con mucha frecuencia le preguntaba a su madre... ¿Por qué estás triste mamita? ¿También estás triste porque mi papi ya no vive con nosotros, verdad? Soledad cuestionaba a su madre cada vez que la notaba triste, y cuando veía el reflejo de lágrimas en los ojos de su mamá, le decía...No llores mamita. Mi papi nos quiere mucho y va a regresar. La pequeña trataba de consolar a su madre con palabras dulces. Su madre no decía nada, solo miraba a su hija con ternura y tristeza, sabia lo mucho que extrañaba a su padre, y le era imposible apaciguar la nostalgia que sentía el corazón de su pequeña hija. Y cada vez que la niña le preguntaba por el regreso de su padre ella no sabía que contestar, solo se limitaba a decirle a su hija que pronto su padre vendría a visitarlas.

En la familia de Soledad todo había cambiado, sus hermanos mayores tenían que hacer los deberes que alguna vez le correspondía hacer al hombre de la casa, y así, el tiempo transcurría sin prisa para la inquieta niña, sin lograr olvidar nunca el recuerdo de su padre. Y durante las noches antes de quedarse dormida con lágrimas en sus ojitos y con un nudo en su pecho murmuraba en silencio... ¿Papá, dónde estás?... ¡Te quiero mucho!, no te olvides de mí, regresa papi, ¡regresa! Te quiero aquí, a mi lado. Soledad no se daba cuenta que sus sollozos eran escuchados por su madre. Las lágrimas de la niña eran un calvario para su pobre mamá, y siempre que la escuchaba llorar iba hasta la camita de su hija a consolarla con palabras muy tiernas.

Una tarde, después de varios meses de la partida de su padre Soledad jugaba como de costumbre en el gran patio de su casa, su madre y sus hermanos no estaban, ella se había quedado en casa con su hermana mayor, y mientras jugaba, rápidamente se dio cuenta de algo, algo a lo que sus ojos no podían dar crédito porque no lograba distinguirlo bien desde la distancia donde se encontraba...


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14 Agosto 2006

Una niña llamada Soledad

Una niña llamada Soledad capítulo I

La fuerza del destino desde un principio fue muy inflexible para Soledad y a la edad de cuatro años vivió la triste experiencia de haber perdido a su padre. Soledad era muy pequeña cuando sus padres se separaron, y cuando su "papi" como solía nombrarlo, abandonó el seno de su familia no se podía explicar el porqué se había marchado. Ella quería mucho a su padre, y a su corta edad no podía asimilar muchas cosas. Pensaba y pensaba, y no lograba comprender el porqué, el jefe de la familia se había ido sin siquiera despedirse de ella. Soledad lloró la ausencia de su padre por mucho tiempo y no lograba acostumbrarse a estar sin él. Recordaba con mucha nostalgia todas las cosas que solía compartir con su padre y ahora que se había marchado, su pequeño mundo había tomado un rumbo muy diferente, y sin su padre en casa se sentía vacía porque lo extrañaba muchísimo.

Desde muy pequeña a Soledad le gustaba observar todo, era una chiquilla muy curiosa e inquieta y se daba cuenta de muchas cosas aunque a veces no lograba comprenderlas del todo. Con mucha frecuencia le preguntaba a su madre... ¿Por qué estás triste mamita? ¿También estás triste porque mi papi ya no vive con nosotros, verdad? Soledad cuestionaba a su madre cada vez que la notaba triste, y cuando veía el reflejo de lágrimas en los ojos de su mamá, le decía...No llores mamita. Mi papi nos quiere mucho y va a regresar. La pequeña trataba de consolar a su madre con palabras dulces. Su madre no decía nada, solo miraba a su hija con ternura y tristeza, sabia lo mucho que extrañaba a su padre, y le era imposible apaciguar la nostalgia que sentía el corazón de su pequeña hija. Y cada vez que la niña le preguntaba por el regreso de su padre ella no sabía que contestar, solo se limitaba a decirle a su hija que pronto su padre vendría a visitarlas.

En la familia de Soledad todo había cambiado, sus hermanos mayores tenían que hacer los deberes que alguna vez le correspondía hacer al hombre de la casa, y así, el tiempo transcurría sin prisa para la inquieta niña, sin lograr olvidar nunca el recuerdo de su padre. Y durante las noches antes de quedarse dormida con lágrimas en sus ojitos y con un nudo en su pecho murmuraba en silencio... ¿Papá, dónde estás?... ¡Te quiero mucho!, no te olvides de mí, regresa papi, ¡regresa! Te quiero aquí, a mi lado. Soledad no se daba cuenta que sus sollozos eran escuchados por su madre. Las lágrimas de la niña eran un calvario para su pobre mamá, y siempre que la escuchaba llorar iba hasta la camita de su hija a consolarla con palabras muy tiernas.

Una tarde, después de varios meses de la partida de su padre Soledad jugaba como de costumbre en el gran patio de su casa, su madre y sus hermanos no estaban, ella se había quedado en casa con su hermana mayor, y mientras jugaba, rápidamente se dio cuenta de algo, algo a lo que sus ojos no podían dar crédito porque no lograba distinguirlo bien desde la distancia donde se encontraba...



Una niña llamada Soledad capítulo II

Su casa estaba situada en una colina rodeada por frondosos árboles y flores silvestres, pero a Soledad le gustaba jugar un poco alejada del terreno de su casa, fue así como se dio cuenta inmediatamente que la figura de un hombre se acercaba a su humilde casa. ¡La niña no lo podía creer! Y mientras el hombre se acercaba, su pequeño corazón palpitaba con una aceleración desmedida y le pedía a Dios para que lo que estaba imaginando fuese cierto. Y cuando se cercioró de que la figura del hombre que veía a distancia era la de su padre, corrió hacia él para alcanzarlo. Corrió a la velocidad que sus cortas piernas se lo permitieron, y mientras corría exclamó su contento con una alegría que no le cabía en su pequeño pecho...

¡papi, por fin regresas a casa! ¡Qué feliz se sentía Soledad al ver que su padre se acercaba hacia ella!, corría hacia él con gran júbilo y con sus bracitos abiertos como invitándolo a un fuerte abrazo. Pero al momento del reencuentro entre padre e hija, la pequeña Soledad frenó con ímpetu la velocidad con la que se acercaba hacia él, se paró por unos instantes antes de echarse a sus brazos, y con sus ojitos inundados por las lágrimas le dijo fuertemente... ¡papi, le has hecho mucha falta a mamita!, ¡y yo te he extrañado mucho! Y mientras se lo decía no podía dejar de llorar. Su padre se apresuró al encuentro de la pequeña y fue él quien fuertemente estrechó a su hija contra su pecho. Los dos lloraron de emoción y felicidad por el reencuentro.

Había tantas cosas que la niña deseaba preguntar y decir, pero por su corta edad no sabía cómo hacerse entender y lo único que le decía a su padre era que lo había extrañado ¡mucho!, al igual que su madre y sus demás hermanos, y también le decía que no se marchase de nuevo. La niña lloró, y rió al mismo tiempo, estaba tan feliz porque su padre había regresado, y tenía la esperanza de que su padre se quedara a vivir en su casa como antes, eso era lo que más deseaba. Su padre la abrazaba y le sonreía, diciéndole...En el tiempo que no nos hemos visto has crecido, ¡mira que grande estás!, y ella le contestó muy contenta... ¡Si papi!, he crecido, ahora ya te puedo ayudar en el trabajo... ¿Verdad que ya no te volverás a ir de la casa? Soledad cuestionaba a su padre, pero sus preguntas no eran contestadas. Así que él optó por cambiar la conversación, y le preguntó a la niña…

¿Dónde está tu mamá, Soledad?, ella le contestó que su madre había salido desde muy temprano con sus hermanos y que ya no tardaría en llegar, así que tenían tiempo para ellos, un tiempo especial que la niña estaba disfrutando en demasía por el solo hecho de estar con su padre. Soledad era una nena muy tierna y le gustaba acariciar y ser acariciada por su padre, esas caricias que por mucho tiempo su padre no le había hecho y al volverlas a sentir sobre su pequeño rostro la hacían muy feliz.

El tiempo para Soledad transcurría apresuradamente, y a pesar de su corta edad sabia que esos momentos eran muy preciosos para ella, y deseaba con vehemencia que el tiempo se detuviera, para poder seguir disfrutando la compañía de su padre. Soledad le hablaba muy contenta, y con lujo de detalle le contaba a su padre los últimos acontecimientos que habían ocurrido en su casa. Era una niña muy alegre y expresiva, y su padre solo la observaba en silencio sin evitar reír de vez en cuando de lo que su pequeña hija le contaba con entusiasmo. De pronto Soledad miro fijamente a su padre a los ojos y jugando con su bigote le preguntó una vez más... ¿Papá, verdad que viniste para quedarte? Su padre se quedó muy pensativo por varios segundos sin responder la pregunta de su hija, pero luego reaccionó y le dijo a la pequeña con mucha seriedad...Hija, escucha bien lo que te voy a decir...



Una niña llamada Soledad capítulo III

Soledad, hija, solo vine de visita. Vine porque los extrañaba mucho, pero lamentablemente tengo que irme nuevamente, solo esperaré a que regrese tu madre para verla y hablar con ella sobre algo importante que tengo que decirle. La pequeña no podía creer lo que su padre le estaba diciendo, había esperado tanto tiempo para verlo, y ahora su padre le decía que solo venia de visita. Entonces la niña le respondió que no podía irse, porque ella, su madre y sus hermanos, no podían acostumbrarse a vivir sin él. Y llorando amargamente le suplicó a su padre que no se fuera de su lado. El padre de soledad se conmovió por la súplica y el llanto de su hija, y trató de calmarla dándole algunos regalos que había llevado para ella y sus hermanos, pero todo fue inútil, ni los regalos ni las palabras de su padre lograban calmar a la pequeña Soledad. Pero de pronto se calmó como por arte de magia, y su padre con gran desconcierto vio como su hija de pronto le sonrió y le dijo...papi, si tú no puedes quedarte aquí yo me iré a vivir contigo. El padre de Soledad se quedó boquiabierto al escuchar las palabras de su hija... ¡Si papi!, yo me iré a vivir contigo y con mi abuela. ¿Qué te parece la idea? Su padre reaccionó rápidamente y le dijo a su hija que no podía llevársela a vivir con él, porque su madre se quedaría muy triste por su ausencia, a lo cual la niña le contestó sonriente... ¡Mi mamá puede ir a visitarnos! Soledad tenía una respuesta presta en su boca para cada obstáculo que le ponía su padre ante la proposición que le había hecho. Y ante eso, su padre se quedó muy pensativo por varios minutos, y ella respetando su silencio solo se limitaba a mirarlo con la esperanza de que su padre accediera a llevársela con él.

El tiempo pasaba y la madre de Soledad no llegaba a casa, y así pasaron las horas hasta ponerse el sol, ya estaba oscureciendo y el padre de la niña tenía que irse para tomar el último autobús que lo llevaría de regreso a su pueblo. Durante todo ese tiempo, la hermana mayor de Soledad se encontraba muy atareada con los deberes. Ella era la hija mayor, y cuando su madre se ausentaba durante el día para ir a lavar la ropa al río, María de Jesús se encargaba de los quehaceres domésticos. El padre se impacientaba por no ver llegar a su ex mujer, tenía que hablar con ella antes de marchar, y fue entonces cuando le preguntó a María de Jesús… ¿Mencionó tu madre la hora en que regresaría a casa?, ella le contestó que no, no sabía exactamente la hora en la que regresaría su madre. Y así, el tiempo transcurría rápidamente, y la estancia en la que una vez había sido el hogar de aquel hombre, estaba llegando a su final. Su corazón quizá le decía que no marchase, porque no deseaba despedirse de sus hijas, pero tenía que irse ese mismo día.
Soledad muy triste le decía a su padre que no se fuera, ¡deseaba tanto que su padre se quedara en casa!, y que las cosas volvieran a ser como eran antes, no comprendía nada, y en su pensamiento se preguntaba el por qué su padre tenía que irse nuevamente?

La hora inevitable llegaba a su fin cuando Soledad escuchó a su padre despedirse de su hermana mayor. Ya se le estaba haciendo tarde y tenía que marcharse de aquella humilde casa donde un día fue muy feliz al lado de su mujer y sus hijos. Soledad comenzó a llorar con mucha tristeza, y con esa gran nostalgia en su alma hizo un último intento para convencer a su padre de quedarse, su padre no podía quedarse, y trató de consolar a su hija diciéndole que regresaría muy pronto, y que en la próxima visita le iba a traer de regalo una linda muñeca, pero ella estaba inconsolable y le decía a su padre que no quería muñecas, su único deseo era que su padre no se volviera a ir de su lado.
Al ver la reacción de Soledad en ese momento, María de Jesús le dijo que si dejaba de llorar la llevaría a la tiendita para comprarle unos dulces. Soledad no quería golosinas ni juguetes, lo único que ella quería era poder detener a su padre. También en el rostro de su padre se denotaba una gran tristeza por tener que irse sin su niña, y más, al ver el sufrimiento que le estaba ocasionando. La veía llorar de una manera muy lastimera y de verdad se le partía el alma verla llorar desesperadamente y sin consuelo, pero no le quedaba otra opción, tenía que irse dejando a su hija en un mar de llanto y aunque trató por todos los medios de consolarla diciéndole…

Soledad, hija mía, cálmate, ya no llores más hijita. Nada de lo que le dijo su padre pudo consolar el llanto de Soledad. Y muy amoroso como lo fue siempre con sus hijos le dio un beso y un abrazo muy fuerte, para después dirigirse hacia la puerta y marchar. En ese momento, María de Jesús tuvo que sostener a la pequeña para que su padre se pudiera ir, era una despedida muy triste y muy dolorosa para la pobre chiquilla. Sus grandes ojos negros miraban con mucha tristeza como la figura de su padre se alejaba de su humilde casa, pero luego después al verlo marchar ahogo su llanto pidiéndole a su hermana que la llevara a comprar los dulces que le había prometido unos minutos antes. Ella aún no estaba derrotada, y no podía dejar ir a su padre así tan fácilmente.

La estación de autobuses estaba situada no muy lejos de su casa y de la tienda donde su hermana la llevaría a "comprar" sus caramelos. La perspicaz nena llevaba un plan en mente, y muy apresurada le dijo a su hermana que se dieran prisa para que le pudiera dar un último beso de despedida a su padre. Su hermana apresuró el paso y a medida que se aproximaban a la estación de autobuses podían ver a distancia la figura del padre entre la demás gente, que solo esperaban la señal del chofer para que pudieran abordar el estropeado autobús y ponerse en marcha hacia Juchitán Guerrero. Soledad al ver a su padre en la estación de autobuses suspiró tranquilamente, y sus ojos le brillaban de alegría. Su hermana no sabía los planes de la niña y accedió de inmediato a la suplica de su pequeña hermana cuando le escucho decir...

¡Mira! ...¡Allá está mi papá!, vamos con él para darle un beso antes de que se vaya. Su padre estaba a punto de abordar el autobús cuando escucho la voz tan peculiar de su hija y muy sorprendido puso una cara de enfado con su hija mayor, preguntándole, ¿por qué has traído a la niña?, a lo cual ella solo le contestó que Soledad había insistido en ir para que le comprara sus dulces, y para ver si te alcanzaba aquí y así poder despedirse de ti y darte un último beso, eso fue lo que le respondió María de Jesús. Y mientras hablaban, la niña aprovechó un descuido del conductor para abordar el autobús. Y cuando el chofer se percató que la niña se le había colado le dijo apresurado…

¡No niña!, tú no puedes abordar este autobús... ¿Dónde están tus padres? Soledad no respondió la pregunta del chofer, pero ante todo esto el padre de Soledad ya había escuchado las palabras fuertes del conductor y rápidamente se subió al autobús para tratar de persuadir a su pequeña hija de bajar, y se regresara a casa con su hermana mayor. Pero todo fue inútil, porque Soledad no se dejó convencer, y al ver a su padre molesto se puso a llorar desesperadamente diciéndole que solo deseaba irse con él. Fue entonces cuando su padre desistió de convencer a su hija de bajarse del autobús y de que se fuera con su hermana de regreso a casa. Las lágrimas de la niña lo conmovieron en gran manera y por unos instantes guardó silencio olvidándose completamente de su enojo.

Ya era hora para que el autobús saliera rumbo a su destino, y el conductor le gritó desde su asiento al padre de la pequeña que si iba a pagar el boleto de su hija, porque ya era tiempo de partir. El padre de Soledad reaccionó rápidamente al escuchar al chofer y se dirigió hacia él para decirle que la niña también iba a viajar, y le pidió de favor que le diera unos minutos más para que pudiera hablar con su hija mayor para indicarle algo. El conductor aceptó de mala manera y le dijo que no demorara, de lo contrario, bajaría a su hija y marcharían sin ellos. Mientras tanto, la hermana de Soledad estaba totalmente desconcertada ante los últimos acontecimientos que había creado su hermana menor, ahora se arrepentía de haberla llevado allí. El padre le dio instrucciones a su hija mayor, y le dijo… Le dices a tu mamá que Soledad estará conmigo por un tiempo y que no se preocupe por ella porque estará muy bien con su abuela. Entre ella y yo, la cuidaremos bien. La joven no salía de su asombro, sabia claramente que su madre se enojaría mucho por lo sucedido.

Por la ventanilla del autobús la pequeña Soledad hacia ademanes con sus manos y se despedía de su hermana con una sonrisa. ¡Se sentía tan contenta!, y se repetía una y otra vez... ¡Me voy con mi papi! ¡Me voy a vivir con él! Su hermana desde donde estaba vio partir el autobús, y en el, a su hermana menor. ¡Todo había sucedido tan rápido! Y Soledad se iba desaseada, y sin zapatos, porque antes de la visita de su padre ella jugaba en el amplio patio de la casa libremente, y ahora se iba con su padre tal y como la había encontrado cuando llego a visitarla. María de Jesús se notaba un poco preocupada. ¿Cómo tomaría la noticia su madre?, eso se preguntaba una y otra vez al tomar el camino hacia su casa.

Transcurrió el tiempo y cuando Soledad llego al pueblo donde vivía su padre se sentía muy contenta, no le importaba dónde ni cómo viviría, para ella solo contaba la compañía y el cariño que sentía por su padre. La niña no conocía a su abuela paterna, y cuando la vio, quedó muy impresionada por el aspecto de su abuela. Era una mujer alta y robusta, lucia muy altiva una cabellera abundante de pelo rizado y muy largo. Al fin tenía el gusto de conocer a su abuela paterna, y cuando la vio, corrió hacia ella para abrazarla y darle un beso en la mejilla. Pero como su abuela era muy alta fue ella quien la tomo entre sus brazos para besarla. Su abuela le dio un fuerte abrazo y le sonrió muy contenta, Soledad sentía mucha alegría en su pequeño corazón. Y después del emotivo encuentro entre ellas, la señora cuestionó a su hijo, diciéndole, ¿cómo fue que trajiste contigo a mi nieta?, no has medido las consecuencias de tus actos, y quizá la madre de la niña se moleste mucho contigo por habértela traído, solo espero que esto no traiga ninguna consecuencia mayor. Su hijo le contestó diciéndole que no había ido con intenciones de quitarle la niña a su madre, y que había sido ella quien a último minuto se había subido al autobús y que no pudo persuadirla para que se quedara. Está bien, le dijo ella, ahora bañaré a mi nieta, ¡mira nada mas como viene!, y tú, te vas a comprarle ropa y calzado.
Y así comenzó una nueva etapa en la vida de la pequeña Soledad...


Una niña llamada Soledad capítulo IV

*

Ahora la pequeña Soledad vivía con su padre y su abuela. Estaba muy contenta pero no dejaba de pensar también en su madre porque la extrañaba mucho. Y entre juegos, travesuras, y una pequeña anécdota que pasó con su padre, el tiempo transcurrió rápidamente. Todas las mañanas veía como ordeñaban las vacas, su abuela le daba un pequeño balde y ella iba muy contenta por leche fresca para su desayuno, le gustaba vivir así, rodeada por la naturaleza y el aire fresco del campo. Una tarde, Soledad buscaba desesperadamente a su padre, lo buscaba por todos lados y no lograba localizarlo, y casi llorando fue corriendo hasta la cocina donde se encontraba su abuela en esos momentos para preguntarle por el paradero de su padre. A lo cual su abuela le contestó que no se preocupara y que dejara de buscarlo porque había ido a dar una vuelta con sus amigos y que seguramente estaban en la cantina y que ya no tardaría en regresar…

Soledad salió rápidamente de la cocina, ya pasaban de las seis de la tarde y comenzaba a oscurecer, y cuando ella salía apresurada escuchó las palabras de su abuela que muy imperativa le indicó no salir del patio de la casa, y que allí esperara el regreso de su padre. Pero la inquieta niña hizo todo lo contrario de lo que le habían indicado y se dirigió en busca de su progenitor. La niña no sabía con certeza donde estaba situada esa cantina, pero por el ruido de la música se dio cuenta que estaba cerca y a paso apresurado siguió la dirección de donde provenía el bullicio hasta llegar allá. Y al llegar al lugar, Soledad se quedó de una pieza al observar aquel entorno ruidoso con olor muy desagradable a tabaco y alcohol. Se sentía muy extraña en aquel ambiente desconocido y raro para ella, y como era muy pequeña, desde la entrada no lograba distinguir la mesa donde estaba sentado su padre, ella era chiquitina y de una figura muy frágil, por eso pasaba totalmente desapercibida por los demás. Y aunque sintió cierto temor por estar ahí, y de tener la sana intuición de que aquel lugar no era adecuado para su edad, eso no la asustó y en lugar de retirarse se adentró para buscar a su padre sin poder localizarlo, así que optó por adentrarse aun más, y mirando a su alrededor lo que pudo observar no era nada agradable pero no desistió porque llevaba en mente buscar a su papá hasta encontrarlo.

La niña miraba a aquellos hombres empinar el codo para tomarse sus cervezas, como si estuvieran muy sedientos, y miraba como el humo que se desprendía de los puros y los cigarrillos le daba al lugar un entorno como de niebla espesa, dándoles a aquellos hombres con sombreros y grandes bigotes un aspecto fantasmagórico, y más, porque se reían a carcajadas, mientras que a otros se les veía muy concentrados en el juego de cartas que jugaban sobre aquellas pequeñas mesas de metal. Soledad observaba todo con mucho cuidado, hasta que logro divisar la mesa donde se encontraba su padre con otros hombres. Entonces se acercó rápidamente a la mesa y muy sonriente exclamó... ¡papi, te he encontrado!

El padre de la niña no daba crédito a lo que estaba viendo... ¿Qué hacía su pequeña hija allí? Y le preguntó rápidamente con tono de enojo... Soledad, ¿qué haces aquí?, a lo cual ella muy contenta contestó... ¡Pues te vine a buscar! Mi abuelita está preparando la cena y muy pronto vamos a cenar, por eso vine por ti, para llevarte a casa y cenemos todos juntos. El padre de la niña no supo si echarse a reír o darle unas nalgadas a su hija por lo que había hecho. Los amigos del padre de Soledad se miraban entre sí, muy sorprendidos de ver a la pequeña hija de su amigo en aquella cantina maloliente. Y más se sorprendieron cuando Soledad les preguntó... ¿Ustedes están borrachos, verdad?

¡Qué impertinente era Soledad! No se quedaba con nada en la mente, era muy curiosa y todo lo cuestionaba sin medir las consecuencias de las preguntas que hacía. Los amigos de su padre soltaron tremenda carcajada al escuchar la pregunta de la niña. Y en ese momento Enemorio les dijo a sus amigos que en cuanto se terminara de tomar la cerveza que ya había comenzado, se iría a su casa con su hija, y que el juego de cartas que les había prometido lo dejarían para otro día. Soledad en ese momento le dijo a su padre...papi, ¿me das de probar de tu cerveza?, él se negó diciéndole que la cerveza, las barajas y las pistolas eran solamente para los hombres. A lo que la niña replicó que ella no era hombre, pero que si le compraba una pistolita, refiriéndose a un arma de fuego, entonces ella podría ir con él a todos lados y hasta podría acompañarlo a la cantina aunque no tomara cerveza. Lo único que ella quería, era estar siempre con su padre. Enemorio solo la miró en silencio emocionado, y hasta los amigos que lo acompañaban se habían enternecido al escuchar las palabras de aquella chiquilla de ojos grandes color azabache. Luego se tomó de un sorbo el líquido de la botella y apagando la colilla de su cigarrillo en el único cenicero que había en la mesa de metal, se despidió de sus compañeros, diciéndoles…

Este no es un buen lugar para esta niña traviesa. Y tomando la mano de su hija salieron de aquel lugar. Y claro, una vez más Soledad se sintió muy satisfecha porque cenaría en compañía de su papá. Y así pasaron los días y las semanas, y a los tres meses de haber llegado a vivir a Juchitán ya se estaba acostumbrando a convivir nuevamente con su padre. Le gustaba mucho estar allí, aunque a veces sus momentos alegres eran empañados por el recuerdo de no poder estar junto a su madre y sus hermanos, los quería de verdad y se ponía triste cada vez que se acordaba de ellos y no los podía ver. El sueño de la niña era que vivieran todos juntos en familia, cómo alguna vez lo habían sido…


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¿Quién soy? Hola a todos: Bienvenidos a palabras del alma, un lugar donde los sentimientos se han transformado en letras. Mi nombre es Martha Humphrey tengo 44 años de edad, soy mexicana pero actualmente radico en Canadá. Mi blog inició el día 14 de agosto del 2006 Y seguiré en pie escribiendo siempre para ustedes mis lectores mientras Dios y el tiempo me lo permitan. Muchas gracias por seguir visitando este humilde espacio, agradezco de todo corazón sus visitas y comentarios. Reciban un cordial saludo a través de la distancia y un fuerte abrazo fraterno. Sinceramente... Martha Humphrey
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a veces engañan hasta
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solo te hacen más fuerte.
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se han quedado mis brazos
desde el día de tu partida
Y que triste ha quedado mi vida
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y de todos los desdenes
cuando un "amigo" te falla
Se te marchita
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Benditas letras,
compañeras de mi soledad
En ellas me desahogo
cuando nadie se entera
de mi tristeza.
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Nunca juzgues
las razones erróneas de otros
Sin saber los motivos
de su equivocación.
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Quiere a quien
menos te quiera
porque con tus hechos
te ganarás su amor.
*
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No tengo necesidad
de demostrarte que te quiero
porque el tiempo se encargará
de revelarte mi cariño.
*
*
Martha Humphrey
Derechos reservados©
No descuides
la amistad de una persona
porque el polvo del olvido
lo empaña todo a su paso.
*
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Lo desconocido
siempre será un misterio
¿Un misterio a conocer?
*
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No esperes una sonrisa
de mis labios
Cuando sabes muy bien
que me has herido.
*
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Una frase de amor
no puede cambiar el mundo,
pero si puede tocar
el corazón de una persona.
*
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Hasta en mis días más grises
aquí estoy para sonreirte
Ven, toma mi mano
y sonríe conmigo.
*
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Martha Humphrey
Derechos reservados©
Mojame en tus aguas
empapame de ti
Haz realidad mi sueño
de vivir juntos mi amor.
*
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Martha Humphrey
Derechos reservados©
Te acariciarán
mis manos
una y otra vez
Y al contacto de tu piel
¡yo me sentiré mujer!
*
*
Martha Humphrey
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Tú me preguntas
¿Cuánto me amas?
Y yo te respondo
Que te amo todo
lo que abarca mi corazón
Porque solamente
tú estás en el.
*
*
Martha Humphrey
Derechos reservados©
Vuela mariposa
*
*
¡Vuela mariposa, vuela!
no te quedes estancada;
pídele fuerzas al cielo,
aunque tengas tus alas dañadas.
Tú que siempre has sabido volar
en los más hermosos jardines
No te quedes en el suelo
hundida en la desesperanza.
Toda tristeza pasa,
y la tuya pasará
Dios te dará las fuerzas
para volver a empezar.
*
Palabras del alma
*
agosto/06/2010
*
11:32 AM
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