Hijo mío, ¿cuántos años han pasado desde el día en que naciste?...
De eso ya han pasado más de veinte años, veinte largos años que se han ido en un suspiro, ¡qué rápido pasa el tiempo!, y recuerdo como si fuese ayer el día en que naciste, ese día 11 de junio del año 1986, con tu nacimiento me hiciste muy feliz. Tu alumbramiento no fue nada fácil, y creo que por ser mi primogénito tu llegada a éste mundo fue un tanto difícil para mí, porque anunciaste tu nacimiento con dos días de anticipación; yo era apenas una adolescente de 17 años y estaba temerosa por la experiencia próxima de tu parto, un parto que se tornó muy arduo, porque tú no tenias prisa en nacer, y por dos días sudé, sangré y lloré, esperando a que tú te decidieras a salir de mi vientre. Quizás allí te sentías seguro y por eso no querías dejar ese lugar tan cálido y confortable. Sudé copiosamente por los dolores del parto, y sangré, porque eras mi primer hijo y según mi madre venias en un parto seco; y mis lágrimas fueron de angustia porque temía perderte, estabas tan próximo a nacer y la idea de perderte me angustiaba el alma. Sufrí dos días antes de tu nacimiento y las fuerzas ya estaban abandonado mi cuerpo. Los médicos, tu padre, tu abuela y yo, estábamos preocupados y me decían que siguiera aguantando los dolores del parto, que ya muy pronto ibas a nacer. Y en ese momento yo me aferré a la idea de lo maravilloso que sería tener tu pequeño cuerpecito junto a mí para poder amamantarte y contemplarte por primera vez. Eso me dio fuerzas y seguí luchando para que tú nacieras, y gracias a Dios y gracias a ti, yo pude parirte.
Es verdad, te parí con mucho dolor, con muchas lágrimas y con una inmensa preocupación a perderte, ¿pero sabes hijo mío?, todo eso valió la pena, porque cuando finalmente te decidiste a nacer me llenaste el corazón de una alegría infinita.
Y después de tu nacimiento pasé otros momentos de gran desesperación por no escuchar tu primer llanto, y cuando por fin los médicos lograron que aspirarás tu
primer bocanada de aire, en ese instante sentí que el alma me volvía al cuerpo. Por fin pude tener tu pequeño cuerpecito entre mis brazos, y te estreché junto a mí con una gran felicidad que hasta me olvide por completo de mi extenuación corporal, porque en ese momento lo único que importaba eras tú.
Valió la pena parirte con sudor y con lágrimas, porque después de todo fui la mujer más feliz de la tierra al saber que habías nacido sano y salvo.
Desde el día en que naciste ya han pasado varios años, es verdad, más de veinte largos años, pero nunca olvidaré que en tu infancia me hiciste muy feliz. Disfruté de todos los lindos momentos que me diste, momentos de alegría que solo un hijo puede darle a una mamá. Yo te tuve muy joven, es verdad, y no tenía experiencia para cuidarte, pero tu abuelita me enseñó con paciencia a cuidar muy bien de ti, y entre risas y llantos, fueron transcurriendo los años, y en el transcurso de ese tiempo poco a poco te fui perdiendo. No digo que te perdí por razones negativas, pero hoy que ya no te tengo en mi vida como cuando eras un niño he sentido en carne propia como el tiempo y las circunstancias van alejando a los hijos de nuestras vidas.
Antes, cuando tenias menos de diez años siempre querías ir a todos lados tomado de mi mano, y cuando llegabas a casa de el colegio o de cualquier otra parte lo primero que hacías era darme un beso en la mejilla. Siempre fuiste un niño muy amoroso, y siempre tuve tus mimos y expresiones de amor, y quizás por eso, hoy que ya te has casado siento en el alma lo que tú hiciste ayer.
Muy rápido te has hecho todo un hombre, un hombre que ahora comienza a formar su propia vida y ahora tengo que comprender que tu prioridad es la mujer a la que ha convertido en tu esposa. No estaba acostumbrada a compartir tu cariño con otra mujer, tú eres mi primer hijo y no estaba preparada psicológicamente para ver como ahora llegas a casa buscando la sonrisa de tu mujer, y es normal que ella sea tu prioridad, pero para una madre es difícil de aceptar ese cambio de vida en nuestros hijos. Y ayer me di cuenta de eso, y hoy que escribo y medito estas líneas tengo que aceptar la realidad porque ya no eres un niño. No, ya no eres el niño aquel que peleaba con su hermana porque solo tú querías ir por la calle tomado de mi mano, y ayer cuando llegaste a casa y besaste a tu esposa antes de besarme a mí, sentí un dolor en el alma, un nudo se me hizo en el pecho y disimuladamente sin que tú me vieras bajé la vista inundada de lágrimas, porque el beso que solías darme se lo diste a ella, a ella que ahora es la principal mujer en tu vida. No tengo celos querido hijo, es solo el dolor de una madre que al meditar en las cosas de la vida se ha dado cuenta que has crecido y que ahora ya estás hacienda tu propia vida, y los hijos cuando crecen tienen que volar del nido, y tú, tú ya estás volando solo, y tu madre jamás se interpondrá en tu vuelo.
Ayer, primero fuiste y besaste a tu esposa y después me buscaste y me besaste a mí. Ya mi niño que me besaba presto al llegar a su casa ahora ha cambiado y es todo un hombre. Esa realidad para una madre es dolorosa, pero eso hijo mío es la ley de la vida.
Esta carta jamás la leerás, y nunca sabrás que ayer me causaste un dolor, tú no hiciste nada malo para causarlo, solo son cosas del destino y que toda madre en un momento tiene que sentir. Estas letras solo son mías, las he escrito para desahogar mi nostalgia, y nunca sabrás que involuntariamente me hiciste llorar, porque si te lo digo hijo mío, sé que te haré sufrir, y una madre ¡jamás! premeditadamente hará sufrir a sus hijos. Me guardaré mi tristeza hijo mío, y el mal recuerdo de ayer trataré de echarlo al olvido y solo trataré de recordar los momentos bellos, esos momentos lindos cómo cuando por primera vez pude estrecharte entre mis brazos, porque cuando tú naciste me hiciste muy feliz, y ahora que eres todo un hombre echo de menos los días del ayer, esos días, cómo cuando eras solo un niño que le gustaba ir sonriente tomado de mi mano en todo momento.
Palabras del alma
Martha Humphrey
Derechos reservados©